Positivo: cada vez más adultos vuelven al colegio para obtener su título secundario

Julio César Ibarra tiene 52 años y está sentado en la última fila de una de las aulas del Centro Educativo de Nivel Secundario Nº 451 (CENS), en Berisso. Gabriela García, de 49, es su compañera de banco y de vida, la mamá de su única hija.

A cuatro materias de terminar el secundario buscan, como otros 645.000 bonaerenses, saldar esta deuda pendiente: para ascender en sus trabajos, empezar una carrera universitaria, superarse.

Los CENS son la institución principal de Secundaria para Adultos y están destinados a personas que quieran retomar o iniciar sus estudios. Tienen un plan de tres años, que pueden ser menos, dependiendo de las materias aprobadas.

En 2015, los adultos inscriptos para terminar sus estudios en estos Centros eran 174.870, según publica el diario platense El Día. Hoy, son 645.204: unos 545.000 cursan primero, segundo y tercer año del secundario, los 100.000 restantes la primaria de adultos. En cuatro años, la matrícula creció un 268% (Ver gráfico). Los datos pertenecen a la Dirección General de Cultura y Educación (DGCyE).

La Provincia cuenta con 2.579 espacios físicos para la educación de adultos: 21 en La Plata, 2 en Ensenada y 3 en Berisso. Esta tarde de martes, en el CENS Nº 451, Julio y Gabriela llevan ambo azul y son los únicos uniformados en una clase con más de 20 estudiantes de entre 18 y 55 años: acaban de terminar su jornada laboral en el Hospital Larraín de Berisso -él como supervisor del sector camillas, ella como personal de limpieza-.

Para ellos, como para muchos, el horario de cursada -entre las 18 y las 22- coincide con el fin del día laboral. “Llegamos con los horarios justos. Por eso, varias veces preparamos las clases en el Hospital”, cuenta él.

Pero hay días en los que pueden estudiar en casa y entonces su hija Yuliana (12) los ayuda con la tarea: “Ella está en 1º año de la Secundaria y siempre nos explica”, sonríe la mamá. Yuliana ha sido para ellos como un espejo: “La mirábamos estudiar y nos preguntábamos por qué no hacerlo nosotros. Y cuando nos decidimos lamentamos no haberlo hecho antes”, admite Gabriela, que abandonó el secundario de adolescente, porque “era trabajar o estudiar, y elegí trabajar”.

Julio no tuvo más remedio: como los ingresos de su papá empleado del frigorífico Swift no alcanzaban, a los 15 empezó a hacer changas de pintura y albañilería. Trabajaba todo el día y al caer la noche iba a la nocturna en la Escuela Media Nº 1. Cuando a las 23 llegaba a su casa de una barriada berissense “no había qué comer, mi mamá no sabía que laburaba ni que estudiaba de noche, pensaba que andaba vagueando y eso le molestaba”.

Julio baja la mirada de ojos húmedos, aprieta el ceño con el pulgar y el índice de su mano derecha, intenta hablar. No puede. Gabriela sonríe con una mueca triste, lo mira y se muerde los labios como quien está a punto de escuchar una historia ya conocida.

“A mí me daba vergüenza decir que estudiaba de noche porque trabajaba. Pero una vez llegué y en la mesa había un plato de arroz -la voz de Julio se entrecorta-. Desde entonces, mamá me esperó con la cena. Tiempo después supe que una compañera había ido a pedir la tarea a mi casa y que por ella mi mamá supo que yo estudiaba”.

Pero la carga horaria del trabajo se impuso. Él se enamoró de Gabriela, luego llegó Yuliana. Procrastinaron. Después de mucho, hoy sueñan con obtener su bachillerato para intentar una especialización en Radiología. “Si queremos progresar en el trabajo tenemos que estudiar”, se convence la mujer.

Para Julio, terminar el secundario será como quitar la piedra que le trababa “varias puertas”. Piensa también en el orgullo y el plato de comida humeante de su mamá, que ya no está.

En el recuerdo, vuelve a ser aquel adolescente de 15 años, a punto de cruzar una meta que le parecía “inalcanzable” y sin avergonzarse por estudiar de noche. “Hay mucha gente como nosotros que no termina o posterga el secundario porque tiene que trabajar”, reflexiona. Y tal vez por eso, cuando la profesora de Economía, Elide Echeverría, pide un ejemplo de política estatal keynessiana el hombre grita desde el fondo del aula, sin dudarlo: “Yo le daría todo a los pobres”.

TOMA DE CONCIENCIA

En la provincia de Buenos Aires, un 76% de directores de secundaria consultados durante las pruebas Aprender 2017 advirtió que el abandono escolar era un problema en su escuela e identificaron como principal causa de la deserción (56%) que los estudiantes necesitan trabajar. Según el Censo de 2010, 3.200.000 adultos en la Provincia no habían terminado sus estudios: a 1.500.000 les faltaba la primaria, y a 1.700.000 la secundaria. “Con esos datos, dijimos: ‘Si no vienen, los vamos a buscar’”, asegura a El Día la la Inspectora de Enseñanza para Adultos, Mariana Alga, para quien el aumento en la matrícula se desprende de ese trabajo de campo.

“Si los vas a buscar, les das un espacio y los contenés, vienen -insiste la Inspectora y asevera:- De algún modo, el CENS ha ido recibiendo lo que escuela secundaria expulsaba”. “Acá el sistema es más flexible”, sostiene la directora del CENS de Berisso, Adriana Miniot, y explica: “Si de diez materias aprobaron ocho, al año siguiente recursan dos, en lugar de repetir todo el año como en la secundaria común”.

“Somos una familia de bichos raros -bromea Alga-. Mucha de la gente que estudia acá viene después del trabajo, le da vida al CENS a la hora en que las escuelas no tienen vida. Y nosotros estamos para acompañarlos”.

El Centro Educativo de Nivel Secundario Nº 451 existe desde hace más de 46 años. Su sede principal está en la Primaria Nº 6, de 158 y 8, en Berisso, donde 4.660 adultos cursan para obtener su título secundario.

En 2015 eran 1.151. En La Plata, la cantidad de estudiantes pasó de 9.457 a 33.543. Para el director de Educación de Adultos de la DGCyE, Pedro Schiuma, el crecimiento de la matrícula obedece, principalmente, a que se amplió la oferta educativa para adultos: primaria, CENS, FinEs trayecto secundario, FinEs deudores de materias, secundaria con oficios, secundaria con formación profesional, secundaria orientada en salud, junto a la educación a distancia vía web o con módulos impresos.

Los requisitos para inscribirse se pueden consultar en educacionadultos.com.ar Cada vez más personas “toman conciencia” de que tienen que terminar la escuela, sostiene el funcionario bonaerense y apunta que, según una encuesta realizada entre 6.000 alumnos adultos, el 87% quiere seguir estudiando.

“Es gente que vuelve al sistema educativo persiguiendo un objetivo, con un proyecto de vida claro que quizá no tenían cuando eran adolescentes”, describe Schiuma en diálogo con este diario.

ALUMNA Y DOCENTE

Una tragedia y un accidente marcaron el recorrido escolar de Elide Echeverría, la profesora que hace cinco años da clases de Economía en el CENS Nº 451 donde, dice, se jubilará.

Hija de madre soltera, nacida en el Barrio Norte de nuestra ciudad, hizo la secundaria en la Escuela Media Nº 11, hasta los 15, cuando su mamá falleció y quedó al cuidado de unas tías. Empezó a trabajar y desde entonces no se detuvo. Fue mamá, se casó, “pero terminar el secundario seguía siendo una deuda”. Hasta que años atrás, mientras caminaba en pleno centro platense, un tablón que cayó desde un 8º piso de una obra en construcción la golpeó en la zona cervical.

Los largos meses de recuperación la alejaron de su empleo como maestra en un academia de estética. “Es como si ese golpe me hubiera espabilado para retomar la secundaria”, dice ahora Elide, que con 30 años y recién recuperada del accidente, en 2008 se anotó en el CENS de Berisso.

Ese año quedó embarazada de su segundo hijo y fueron muchas las veces que cursó junto al bebé, hasta su egreso en 2011. Sin perder tiempo, se inscribió junto a su esposo en un Instituto de Formación Docente de la Provincia, en 2014 se recibieron y a los pocos meses ella volvió al CENS.

Esta vez, como profesora. “Que mi marido me acompañara fue fundamental para estar donde estoy”, reconoce en un tono que es felicidad y amor.

¿Qu“Una familia. Por eso digo que me voy a jubilar acá -remarca mientras toma un mate cebado por un alumno-. Porque descubro todo tipo de realidades, me contagio con el esfuerzo y el entusiasmo de los chicos”. Y si en el trayecto algún estudiante decae, Echeverría les hablará desde su experiencia, les dirá “que no importa la edad, que estudien, que demuestren a sus hijos y nietos que si quieren, se puede”.

ORGULLO DE HIJO

De cuerpo erguido -sin huellas de aquel accidente- y voz firme, basta que Elide hable para que no vuele una mosca. No es un silencio solemne, sino atento, de alumnos como Analía Carabajal y Franco Nicolás Coria, que escuchan y toman apuntes en la primera fila del aula. Ella tiene 41 años; él, 19. Son madre e hijo y esperan obtener su título secundario el mes próximo.

Cursan juntos, pero sus recorridos han sido bien diferentes. Por motivos laborales, la mamá abandonó el secundario cuando era una adolescente. Hace tres años decidió terminar sus estudios como respuesta a la pregunta que se hizo muchas veces: “¿Cómo puedo pedirle a mis hijos (tiene dos) que estudien si yo no termino la escuela?”.

Franco sólo cursa el último año del CENS y viene de repetir 7º en la Escuela Albert Thomas. “Una pena, pero al menos lo convencí para que terminara los estudios acá”, dice Analía, que asiste a clases después de una jornada laboral que comienza a la mañana, en el área administrativa de una delegación municipal de Berisso, y termina cuando cae la noche en la peluquería que tiene en su casa.

A días del egreso, la mujer habla del CENS en pasado: “Ha sido genial, por la paciencia de los docentes para explicar y por el acompañamiento de mi esposo, que me ayudó para volver a estudiar después de más de 20 años”.

El título, piensa, será un trampolín para saltar a la planta permanente de la comuna vecina. Sueña también en continuar una carrera en la UNLP, por ejemplo Trabajo Social: “Porque en la Municipalidad veo a mucha gente con necesidades y me gustaría ayudarla”. Franco aún no se decide entre Medicina, Arquitectura , Informática o Ingeniería civil. “Todavía falta medio año”, se tranquiliza el joven, que ahora piensa en el egreso junto a Analía:

“Estoy orgulloso de ella”, reconoce con una ternura que derriba la distancia que impone su humanidad maciza y a su mamá le arranca una sonrisa. “Él no debería estar acá”, reprocha ella, y sin embargo no puede evitar la emoción: “Pero va a ser lindo recibirnos juntos

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